lunes, 11 de diciembre de 2006

5.Iniciando la investigación

Con la sangre aún hecha escarcha, me fui a mi mesa. Estuve un rato observándola, anonadado. Como si mi cerebro no hubiera terminado de procesar aquellos datos que acababa de meter mi jefe, donde se me pedía que investigase sobre un cadáver al que yo, prácticamente, había robado. Después de media hora allí sentado, pensé que ir a la comisaría sería un buen comienzo, podría enterarme de algo gracias a mi bueno amigo Raúl. Aparte de hacer la noticia también podría conseguir información sobre aquel maletín para, al menos, saber de quién era el dinero que iba a gastarme tan gustosamente, y de paso, verle el careto a mi compañero de infancia. Por suerte, ya que no había traído el coche, la comisaría la tenía cerca, a dos calles del periódico.

Entré en aquel sitio de la ley y pregunté por mi gran amigo. Me mandaron a la planta de arriba, y como es normal, fui hacia allí. En la segunda planta me enviaron a un despacho, al fono a la derecha del pasillo. Llamé usando los nudillos con un golpe seco en el cristal de la puerta, escuché "adelante" y entonces la abrí y crucé el umbral, entrando así en el pequeño despacho y lugar de trabajo de Raúl. Aquel espacio olía a una mezcla de café, pies y ambientador malo, de ese que lo echas por la habitación y resulta que termina oliendo peor que antes. La mesa la tenía muy desordenada. De la pared colgaba posters de mujeres en bikini y alguno que otro en el que salían dibujos manga o algo por el estilo, es que de eso tampoco es que yo entienda mucho... Raúl estaba muy desmejorado desde la última vez que lo vi, pero prácticamente era el mismo, pelo rubio largo -aunque sin peinar-, ojos azules, orejas pequeñas, cara graciosa, muy delgado... En definitiva, un gran personaje de mi vida con el que había pasado muchos grandes e inolvidables ratos. Como cuando teníamos quince años -por esos tiempos yo vivía aún con mi madre-. Ese día se iba a quedar conmigo a dormir, cuando se fue la luz de noche mientras yo andaba por el pasillo de mi casa, cuando me quise dar cuenta ya me había chocado con el marco de la puerta del cuarto de baño. El chichón y las risas duraron una semana. Aún sonrío al recordarlo.

Al tiempo que recordaba parte de mi niñez, pude notar como mi amigo me miraba. Vi en sus ojos expresión melancólica. Quizás nos pusimos de acuerdo respecto a los recuerdos, pero no quise sacar el tema. En cambio decidí empezar a trabajar:

-¡No me lo puedo creer! ¡quién te ha visto y quien te ve! -no quería parecer interesado, ya que hacía lo menos dos años que no le veía- ¿Cómo te va la vida? Tienes buena pinta, viejo amigo.

-Uno, que se cuida - en realidad yo dudaba que se cuidase, pero un amigo... Es un amigo.

-Sí, ya te veo.

-¿Qué te trae por aquí, Tomás?

-Trabajo, y más trabajo, ya sabes, lo de siempre.

-¿Y en qué puedo ayudarte yo?

-Tengo que hacer una noticia de un asesinato en mi calle, y pensé que tú me podrías echar una mano...

-¿Y por qué no me invitas a una cerveza mientras te cuento lo que sé del tema? -seguía teniendo la misma caradura de siempre.

-Supongo que no puede rechazar a tu maravillosa oferta -bromeé antes de que ambos soltáramos varias carcajadas.

No hay comentarios: