lunes, 11 de diciembre de 2006

2.Un comienzo de dia algo peculiar (maldito perro)

El Masnou no es muy acogedor a las 6 y media de la madrugada, y menos en esta época. El viento azotaba los árboles, parecían incluso silbar, pero a modo de burla, como riéndose de alguien que a esa hora estaba en la calle sacando a un chucho y tirando la basura. Vaya postal la mía. El sol aún quedaba escondido, en cambio la luna seguía en su máximo esplendor, dándole vida a la noche. Algo me decía que ella era la culpable de que este frío congelara incluso el alma, de que tuviera que salir a la calle con dos camisetas, una sudadera, un chaquetón y una bufanda -aunque el pijama jamás hay que olvidarlo-, además de dos pares de calcetines, que si no luego llegaba al trabajo con los pies helados -que más que pies parecían frigopies-.

Total, que estaba haciendo yo mi ronda de todos los días, cuando al ir a tirar la basura, me asustó una figura que estaba al lado del contenedor, parecía un cuerpo. Resultó ser un hombre muy delgado, con el pelo corto, iba vestido con un traje como los de los mafiosos de las películas. Al notar mi presencia, levantó la cabeza y clavó sus ojos en mí. Junto a él había un maletín negro que no sé como, pero de alguna manera, logró captar casi toda mi atención. El extraño levantó los brazos, medio moribundo, y dijo: "Llevate el maletín, que no caiga en malas manos". Cuando hizo un mal gesto con la cara noté que tenía varios tiros dados en el pecho, aquellas fueron sus últimas palabras.

Y allí estaba yo, con un hombre muerto y un maletín qué a saber que contenía. Me deshice por fin de la bolsa de basura y fui a alcanzar la pertenencia de aquel cuerpo ya inerte. Para mi sorpresa, al abrirlo sólo vi billetes de cien y quinientos euros que llenaban el maletín hasta rebosar. "Me ha tocado el premio gordo", fué lo primero que pensé, sin dejar de mirar aquel sueño casi inalcanzable, con los ojos como platos, luego caí en la cuenta de que tenía a alguien muerto y un dinero que no tenía ni la más remota idea de adónde había salido. No sabía que hacer, y para colmo, al chucho no se le ocurre hacer otra cosa que mear encima del difunto. Menudo plan. Noté que alli peligraba, así que lo que hice fue coger el maletín, y antes de arrepentirme, salí pitando hacia mi casa.

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